viernes, 26 de diciembre de 2008

El violinista


Un hombre se sentó en una estación del metro en Washington y comenzó a tocar el violín, en una fría mañana de enero. Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, interpretó seis obras de Bach. Durante el mismo tiempo, se calcula que pasaron por esa estación algo más de mil personas, casi todas camino a sus trabajos.

Transcurrieron tres minutos hasta que alguien se detuvo ante el músico. Un hombre de mediana edad alteró por un segundo su paso y advirtió que había una persona tocando música. Un minuto más tarde, el violinista recibió su primera donación: una mujer arrojó un dólar en la lata y continuó su marcha. Algunos minutos más tarde, alguien se apoyó contra la pared a escuchar, pero enseguida miró su reloj y retomó su camino.

Quien más atención prestó fue un niño de 3 años. Su madre tiraba del brazo, apurada, pero el niño se plantó ante el músico. Cuando la mamá logró arrancarlo del lugar, el nene continuó volteando su cabeza para mirar al artista. Esto se repitió con otros niños. Todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha.

En los tres cuartos de hora que el músico tocó, sólo siete personas se detuvieron y otras veinte dieron dinero, sin interrumpir su camino. El violinista recaudó 32 dólares. Cuando terminó de tocar y se hizo silencio, nadie pareció advertirlo. No hubo aplausos ni reconocimientos.

Nadie lo sabía, pero ese violinista era Joshua Bell, uno de los mejores músicos del mundo, tocando las obras más complejas que se escribieron alguna vez, en un violín tasado en 3.5 millones de dólares. Dos días antes de su actuación en el metro, Bell colmó un teatro en Boston, con localidades que promediaban los 100 dólares.

La actuación de Bell de incógnito en el metro fue organizada por el diario The Washington Post, como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de las personas.

La consigna era: en un ambiente banal y a una hora inconveniente, ¿percibimos la belleza? ¿nos detenemos a apreciarla? ¿reconocemos el talento en un contexto inesperado?

Una de las conclusiones de esta experiencia podría ser la siguiente: si no tenemos un instante para detenernos a escuchar a uno de los mejores músicos interpretar la mejor música escrita, ¿qué otras cosas nos estaremos perdiendo?


La otra que se me ocurre es que deberíamos escuchar más a los niños.

10 comentarios:

Vicky 26 de diciembre de 2008, 13:35  

Qué buena historia.

Anónimo 28 de diciembre de 2008, 12:02  

Bravo.

Stan 28 de diciembre de 2008, 21:19  

celente!!!

Buenísima la prueba, es una de esas tantas que me gustaría hacer a mi..!!!

onda clavarle un feo vino a una gran botella, a todos esos giles que se hacen los grandes tomadores de vino y tienen el paladar insensible:P

Horacio 28 de diciembre de 2008, 23:37  

Siii es buenisimo!!! me encantan estas cosas. La gente se deja llevar por el prestigio del lugar desde el que alguien muestra algo.

kika 31 de diciembre de 2008, 17:48  

muy bueno el post, gracias!

nike dunk 3 de enero de 2009, 19:50  

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que genialidad
impresionante como el hecho de vivir en constante aceleracion nos hace perder de vista tantas cosas!!

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