domingo, 17 de mayo de 2009

Gracias por el fuego

Hoy, a los ochenta y ocho años, falleció el escritor uruguayo Mario Benedetti. Y, en El Acople, lo recordamos compartiendo un fragmento de su novela "Gracias por el fuego", que muestra esa capacidad tan especial que tuvo para retratar las cosas de un corazón y una mente en conflicto, que hacen sentir al que lee que está leyendo la confesión de un amigo.

Dolores, sólo simpatizando, equivale a otra mujer en el cenit de su amor. Pero nada de eso es suficiente. Porque aunque yo capte, o crea captar, la intensidad afectiva de Dolores cuando simpatiza conmigo, demasiado sé que no es su máximo, que su máximo no es la mera simpatía, por intensa que ésta sea, sino el amor. Y no puedo evitar esta conjetura: si la mera conjetura de Dolores me conmueve así, ¿cómo no habría de conmoverme el amor de Dolores, el amor en su máximo, en plena ebullición? Y ante esa posibilidad tampoco puedo evitar sentir un vértigo, no puedo evitar sentir que se me vaya la cabeza. Tal vez mañana o pasado me resigne. Pero hoy sufro como un condenado. Ayer mismo yo no sabía que podía querer así. Entonces ¿qué ha pasado? ¿Es simplemente porque hablé, porque se lo dije? Puede ser. Hoy, a medida que se lo iba diciendo, sentía que eso era más y más verdadero, como si al decirlo yo, fuera haciendo proselitismo conmigo mismo, convenciendo para siempre a mi corazón, este mismo corazón que ahora me duele, sí, físicamente, este órgano hueco y muscular que de algún modo se las arregla para ocuparse simultáneamente de la sangre y las emociones. Si por lo menos ahora, cuando llegue a casa, pudiera estar solo, si por lo menos nadie me hablara. Pero no, seguramente vendrá Susana a contarme chistes de Laura o a quejarse de lo cansada que está debido a que se ha quedado sin muchacha, o a pedirme que le hable seriamente a Gustavo, porque cada vez tiene amistadas más anarquistas o socialistas o comunistas, o a informarme de que llamó tía Olga para decirle lo buen tipo que soy, o, lo peor de todo, a sugerirme que hoy vayamos a cenar a Carrasco, porque no está como para ponerse a cocinar. Hoy no quiero ir a comer afuera. Quiero cenar muy frugalmente, tal vez una ensalada bien fresca y nada más, y después salir a caminar un rato, pero solo. Ojalá que cuando le diga a Susana si quiere venir conmigo, me diga como tantas veces que está muy cansada, que va a acostarse temprano. Quiero salir a caminar solo por la Rambla, o quizá ir a mirar las fosforescencias en las olas o tenderme boca arriba en la arena. Pero ya veo, Susana me está esperando junto a la verja, y esto no es precisamente un buen indicio. Todavía está bien Susana, pese a los treinta y nueve años que cumple la semana que viene. Pero no se trata de eso.

--¿Mucho calor en el centro?


--Horrible. En este momento creo que lo más importante es la ducha que voy a darme.


--Eso es, duchate y ponete fresco. Vine aquí a esperarte para que no entres el auto al garaje. Estoy tan cansada ahora que no tengo muchacha, que, francamente, no tengo ganas de cocinar. ¿Qué te parece si vamos a cenar a Carrasco?

3 comentarios:

Dalmita 18 de mayo de 2009, 9:38  

Desde que me enteré, no puedo dejar de pensar en ese título, de este gran libro.

Lo último que leí fueron fragmentos de La Tregua, para recordar aquellas cositas que habían hecho que me guste tanto...

Gracias por este apartado, Augusto.

Vicky 18 de mayo de 2009, 10:57  

No leí el libro pero me gustó el fragment... un buen motivo para empezarlo.

porlosporos 20 de mayo de 2009, 9:47  

que grande Mario, tipazo!
nostalgia, eso se va a sentir...
admirable el tesoro literario que dejó, qué bueno quedar así , tu espíritu plasmado en la lengua.

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